domingo, 29 de septiembre de 2013

Los Pactos de Familia



Los pactos de Familia.




Se denomina Pactos de Familia al conjunto de acuerdos firmados entre España y Francia por el cual ambos reinos mantenían una estable alianza internacional. Dos de ellos fueron realizados en la época de Felipe V y otro en la de Carlos III.

Ø  Felipe V quería recuperar lo perdido en el Tratado de Utrecht, lo que le llevaba también a la guerra contra Austria.
El Primer Pacto de Familia es en 1733, cuando la Guerra de Sucesión de Polonia, uno de las guerras internacionales de la épocas, fue aprovechada por Felipe V, que se alía con Francia, para atacar a Austria y recuperar Nápoles y Sicilia, donde entroniza como rey a su hijo el infante Carlos (el futuro Carlos III).
El Segundo Pacto de Familia, en 1743, cuando aprovechó la Guerra de Sucesión de Austria para conseguir los ducados de Parma, Plasencia y Guastalla para su hijo el infante Felipe.

Ø  Fernando VI (1746-1759) lleva a cabo una política de neutralidad activa entre Inglaterra y Francia.
Fortalece la flota para evitar verse arrastrado a la guerra
y liquida el Pacto de Familia, lo que le desliga de apoyar a Francia en sus guerras.
A cambio, Inglaterra acepta la supresión del asiento de negros y del navío de permiso.

Ø  Carlos III (1759-1788) vuelve a la política belicista directamente contra Inglaterra para recuperar Gibraltar y Menorca.
Firma el Tercer Pacto de Familia en 1761, que le lleva a entrar en la última fase de la Guerra de los Siete Años ( en esta guerra Francia pierde Canadá en mano de Inglaterra) en apoyo de Francia contra Inglaterra,
y a la derrota que le ocasiona considerables pérdidas al final, en 1763 (las dos Floridas, que entrega a Inglaterra, y el Sacramento (al sur de Brasil), a Portugal.
Renovado en 1779 ese mismo Tercer Pacto de Familia con Francia, se toma la revancha contra Inglaterra en la Guerra de Independencia de los EEUU (1775-1783), en la que entra en ese año 1779, recuperando Menorca y las dos Floridas.

Las guerras del XVIII no son ya por ideales, sino por intereses de poder de las dinastías o los Estados.
En los Pactos de Familia, cada parte busca su interés. España muchas veces queda abandonada por Francia cuando a ésta ya no le interesa la guerra.

Como consecuencia de las guerras de Carlos III, vuelve la crisis de la Hacienda, aumentada en la época de Carlos IV.

En la época de Carlos IV y Godoy, el Tratado de San Ildefonso de 1796 es una alianza con la Francia de la Revolución, que, como es contra Inglaterra, se presenta como una vuelta a la política de los Pactos de Familia. Pero resulta paradójico presentarlo así, porque en Francia ya no hay Borbones, precisamente porque han sido eliminados por la Revolución Francesa.

Glosario

 

Tratado de Utrecht: fue concluido y firmado en la ciudad de Utrecht por las delegaciones de los reinos de España y Gran Bretaña el 13 de julio de 1713. En él se reconoce a Felipe V como rey de España pero reparte las posesiones españolas en Europa entre las monarquías de Austria, la casa de los Saboya y los Países Bajos. Inglaterra obtiene Menorca y Gibraltar y el monopolio del comercio de esclavos en América.

 

Asiento de negros: era un monopolio sobre la caza de esclavos de África y la América hispana y que se otorgó a Inglaterra al terminar la Guerra de Sucesión Española (1713) como compensación por la victoria del candidato francés Felipe V de España. Con este tratado se fijaba que anualmente, Inglaterra tenía el derecho de traficar con 4800 esclavos de color anuales durante treinta años.

 

Navío de permiso: consistía en el permiso concedido por la corona española a Inglaterra tras la firma del tratado de Utrecht, este permiso autorizaba a Inglaterra a enviar un barco al año con una capacidad de carga de 500 toneladas a las colonias españolas americanas para comerciar con éstas.

 

El motín de Esquilache




EL MOTÍN DE ESQUILACHE





En 1766, siendo rey de España Carlos III, se produjo el motín de Esquilache, una revuelta en la que se calcula que participaron unas 40.000 personas en varias ciudades españolas, que estuvo a punto de poner en peligro la figura real. Aunque el detonante de la revuelta fue la publicación de un bando municipal que regulaba la vestimenta de los madrileños, habría que buscar las causas verdaderas en el hambre, las constantes subidas de los precios de los artículos de primera necesidad y el recelo de los españoles a los ministros extranjeros traídos por Carlos III.

El marqués de Esquilache, de origen italiano, quería adecentar Madrid, pavimentando y alumbrando calles y creando paseos y jardines. También dictó un bando prohibiendo la vestimenta castiza de la capa larga y el chambergo (sombrero de ala ancha), con el pretexto de que, embozados, los madrileños podían darse anónimamente a todo tipo de atropellos y esconder armas entre los ropajes, y que éstos debían ser sustituidos por la capa corta y el tricornio, de procedencia extranjera. Pero, tras su publicación, el bando fue desobedecido por los madrileños. Entonces Esquilache recurrió a los soldados para imponer su cumplimiento. Todo ello desencadenó un motín, en el que los amotinados asaltaron la casa de Esquilache, destrozaron algunas farolas colocadas por el marqués y, finalmente, se dirigieron al Palacio Real para hacer llegar al rey sus peticiones. Tras un enfrentamiento con la guardia real, en el que murió una mujer, un sacerdote las hizo llegar al monarca. El rey aceptó con disgusto las exigencias populares. Con este hecho parece que la calma volvió a reinar de nuevo en la ciudad.

Pero, al enterarse al día siguiente el pueblo de que el rey había partido a Aranjuez con su familia, el motín se recrudeció, se asaltaron almacenes de comestibles, cárceles y cuarteles. El motín no cesó hasta que el rey hizo leer por las calles su respuesta ratificando su promesa de respetar las peticiones populares, lo que consiguió calmar los ánimos.

Una de las consecuencias del motín fue la caída en desgracia del marqués de Esquilache y su posterior destierro.



Los Señoríos


LOS SEÑORÍOS

Es un modo de posesión de la tierra y del poder político que alcanza su máxima expresión en el Feudalismo y que en sus diversas formas va a pervivir en España hasta el siglo XIX.

Hay dos clases de señoríos:

 

El señorío Territorial: tiene su origen en la época de Roma (bajo Imperio). El señor poseía un extenso territorio que parcelaba en parte y entregaba a sus siervos para que lo trabajaran a cambio de pagar unas rentas o censos.

Dentro del señorío territorial había dos partes: a) el manso que era un  extenso territorio que el señor parcelaba y repartía entre sus campesinos y a cambio recibía unas rentas; b) la reserva era la parte del territorio que el señor se reservaba para explotarlo directamente. Los campesinos del señorío debían de trabajar gratis determinados días al año en la reserva del señor. Estos trabajos recibían el nombre de corveas.

 

El señorío Jurisdiccional o banal: acompañaba habitualmente al señorío territorial y tenía un carácter político. El señor tenía derecho a cobrar impuestos, nombrar autoridades para las ciudades y municipios que estaban dentro de sus territorios y en la época del feudalismo pleno podía ejercer la justicia y tenía el mando civil y militar. Este tipo señorío lo recibía del rey por delegación real (servicios prestados a la Corona) o por herencia. Normalmente coincidía el señorío territorial con el jurisdiccional.

 

Desde el punto de vista jurídico-económico la propiedad de la tierra en España era muy diversa, había: Tierras de Realengo, el propietario era la Corona, aquí el Rey ejercía plena jurisdicción para nombrar autoridades y ejercer la justicia. Tierras de Señorío, había dos clases de Señoríos: señoríos solariegos, cuando el propietario de las tierras era un laico; y señoríos eclesiásticos, cuando el propietario era la Iglesia, obispados o monasterios, si el propietario era un monasterio, estas tierras recibían el nombre de tierras de abadengo.

Bienes de Propios y baldíos y bienes comunales: en ambos casos estos tipos de tierra pertenecían a los municipios, y la diferencia era la siguiente: Los bienes de Propios y baldíos- tierras de labor-, eran propiedades de los Ayuntamientos que estos arrendaban a los vecinos sin propiedades, a cambio recibían una renta; los bienes comunales- prados, bosques, etc, estas tierras eran de aprovechamiento común.

Tanto las tierras pertenecientes a los señoríos solariegos, como las tierras pertenecientes a los señoríos eclesiásticos o a los Ayuntamientos (en sus dos formas), eran desde el punto de vista jurídico tierras de manos muertas, es decir: prohibición legal de vender, parcelarse o enajenarse; además en los señoríos laicos existía, por concesión real, el Mayorazgo, que permitía agrupar una serie de rentas y bienes. El conjunto del Mayorazgo debía de pasar integro al heredero del título nobiliario- el hijo mayor-. El Mayorazgo podía aumentarse pero nunca disminuirse. Por esta razón las tierras de los señoríos laicos, además de ser tierras de manos muertas, eran también tierras vinculadas. Se calcula que más del 80% de la tierra tenía esta condición legal y jurídica.

Los informes de los Ilustrados reflejan esta realidad como uno de los

impedimentos para la riqueza del país. Los liberales, igualmente pensaban que esto iba en contra de una economía capitalista, el sistema económico más válido para generar riqueza.

Esta situación legal y jurídica chocaba con la mentalidad burguesa y lo

consideraban como un obstáculo que había que derribar para conseguir la

riqueza del país, son las llamadas desamortizaciones del siglo XIX.

 

La guerra de los siete años 1756 1763


La Guerra de los Siete Años (1756-1763)

Un nuevo tema, esta vez sobre un conflicto que sumió a Europa en una guerra total, ampliando los escenarios del conflicto además de a Europa, a India y América del Norte. Una contienda que cambió las fronteras de muchos estados y se replantearon nuevas políticas.


LA GUERRA DE LOS SIETE AÑOS (1756-1763):

La Guerra de los Siete Años (1756-1763) se produce, entre otras cosas, debido al deseo de Austria de controlar Silesia (región de Polonia) y sobretodo por las rivalidades coloniales entre Inglaterra y Francia en Norteamérica.

La reversión de alianzas domina la política europea después de la Paz de Aquisgrán y se materializa en la "revolución diplomática" de 1756. Inglaterra quería en el continente la garantía para Hannover, por lo que firma una convención con Rusia (1755) por la que a cambio de ayuda financiera, Rusia invadiría Prusia oriental, en caso de guerra prusiano-inglesa. Federico II de Prusia buscaba la renovación de la alianza con Francia, pero al conocer el tratado anglo-ruso, cambia de orientación y por el Tratado de Westmister garantiza Hannover a cambio de la garantía de Prusia frente a Rusia. Este tratado convierte en necesidad para Francia la alianza defensiva. Por su parte, la zarina Isabel, al conocer el Tratado de Westmister, estrecha lazos con Austria contra Prusia.

 

La inversión de alianzas impresionó a Europa, pues ponía fin a la rivalidad secular entre Austria y Francia, pero fue en Turquía donde más vivamente impresionó, ya que se consideró en peligro la amistad con Francia, máxime al comprobar que a la alianza con Austria le seguía el acercamiento a Rusia (1576), inquietud que aprovecha Prusia para aproximarse a Turquía y firmar un tratado de amistad con el Imperio Otomano (1761).

La crisis bélica estalla en 1757 es en principio una continuación de la de la Pragmática Sanción de 1713, pero en realidad, se trata de dos guerras simultáneas: entre Francia e Inglaterra en el mar, en las colonias y en Alemania del oeste; y entre Prusia y la coalición de sus enemigos en Alemania del este. En la India y en América del Norte los incidentes franco-ingleses menudeaban con ventaja más bien de Inglaterra, que en Europa pierde Menorca. Federico II ataca bruscamente venciendo a los Sajones en Pirna y rechaza a los austriacos, pero la campaña no consigue otra cosa que la ruptura con Francia (que en el Segundo Tratado de Versalles en 1757 convierte en ofensiva su alianza defensiva con Austria), la solidaridad del Imperio en su contra (que en la dieta veta la formación de contingentes reglamentarios) y que Suecia prometiera su apoyo a la coalición. Prusia, en cambio, sólo recibió dinero de Inglaterra, cuyo planteamiento en el continente se limitaba a la defensa de Hannover y a cierta cobertura renana. Hannover fue invadido por los franceses que vencen a los ingleses en Closterseven, pero Federico II los derrota en Crefeld y los rechaza hacia el Rhin.

 

Entre 1757 y 1763 se suceden seis campañas en Alemania oriental. La más movida fue la de 1757: los austriacos, franceses, suecos y rusos convergen sobre Prusia, cuyo rey derrota a los franco-austriacos en Rossbach; luego se dirige a Silesia y vence a Carlos de Lorena en Leuthen. En los años siguientes la situación se aclara al limitarse los franceses a actuar en el oeste y al no entrañar peligro el ejército de los círculos imperiales y el sueco. A Federico II sólo le preocupan los rusos (a los que vence en Zorndorf en 1758), y a los austriacos (que le derrotan en Hochkirck): los tres se enfrentan en Kunersdorf, la batalla más dura de la guerra, y el prusiano sale vencido.

Mientras proseguía la guerra franco-británica, los intentos negociadores no dieron resultado. España vuelve a la alianza francesa (Tercer Pacto de Familia en 1761), pero a la muerte de la zarina Isabel sin descendencia directa, le sucede Pedro de Holstein, admirador de Federico II con quien hace la paz en 1762 y abandona los territorios conquistados. Acto seguido el prusiano hace la paz con Suecia que le devuelve la Pomerania. Catalina II, esposa del zar Pedro, lo depone y proclama la neutralidad de su imperio. Prusianos y austriacos quedaron solos. Federico II los había vencido en Berkersdorf (1761), pero privado de los subsidios ingleses no tiene más remedio que pactar: La Paz de Hubersburgo (1763) le reconocía la posesión de Silesia a cambio de su voto en la elección imperial para José, hijo de Maria Teresa de Austria.

 

Por entonces, Francia e Inglaterra firmaron también la paz, que no llegó antes porque la la obstaculizaron el advenimiento de Jorge III, la muerte de Pitt y la entrada en guerra de España contra Portugal e Inglaterra, cuya ofensiva en el Caribe le valen las Antillas Francesas y Cuba. Finalmente en el Tratado de París (1763), Francia cedía a Inglaterra Nueva Francia (Canadá y sus posesiones), conservaba los islotes de Saint-Pierre y Miquelon y el derecho de pesca en San Lorenzo y Terranova. La Luisiana se repartía entre Inglaterra y España, que cedía a aquella La Florida. En las Antillas, Francia conservaba Martinico, Santa Lucía y Guadalupe., y en la India, Chardenagor, Yanaon, Pondichery, Karihol y Mahé.

Por la Paz de París, pues, cambian de dueño extensos territorios de ultramar, quedando Francia casi barrida de América y de la India. Por el Tratado de Hubersburgo se restablecía la situación prebélica.

 

Los Borbones en España




Carlos II el Hechizado, la triste historia de un rey enfermo.




Carlos II el Hechizado, la triste historia de un rey enfermo.

 


 

El domingo 6 de noviembre de 1661 nació “un robusto varón, de hermosísimas facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes”. De esta manera se contaba en la Gaceta de Madrid el nacimiento de un rey español que fue un auténtico compendio de patologías: Carlos II.

Más crítico con el aspecto de este nuevo infante fue el Embajador de Francia, quien escribió a Luis XIV:

”El Príncipe parece bastante débil; muestra signos de degeneración; tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supura (…) asusta de feo”.

Así comienza la triste historia de este desgraciado rey de España, último del linaje de los Austrias, un pobre enfermo desde su nacimiento hasta su muerte, muy probablemente por la continua endogamia practicada por sus ascendientes, tal y como expone García-Arguelles:

«En el tronco familiar figuran repetidos los nombres de Felipe el Hermoso y Juana la Loca ocho veces; los de Fernando I y Ana de Bohemia, nueve; Carlos V e Isabel de Portugal, cuatro; Felipe III y Margarita de Austria son, a la vez, sus abuelos y bisabuelos. Su padre estaba casado con una hija de su hermana, por lo que, a la vez, era tío segundo de su hijo y su madre resulta ser prima de su propio hijo»

De Carlos II se sabe con casi total seguridad que padeció el Síndrome de Klinefelter, enfermedad genética que consiste en una alteración cromosómica expresada por un cariotipo 47/XXY, es decir, que tienen un cromosoma X supernumerario.

Dicho síndrome se caracteriza por infertilidad, niveles inadecuados de testosterona, disfunción testicular, hipogenitalismo (genitales pequeños), ginecomastia (crecimiento de los senos), trastornos conductuales y aspecto eunucoide (talla alta, extremidades largas, escaso vello facial y distribución de vello de tipo femenino). Otras anomalías asociadas son criptorquidia (testículos intraabdominales, no descendidos a la bolsa escrotal), hipospadias (orificio de la uretra situado no en la punta, sino entre la base y la punta del pene) y escoliosis, así como diabetes y bronquitis crónica en la edad adulta. Carlos II no presentaba algunos de los elementos característicos de la enfermedad (no tenía ginecomastia ni estatura alta), por lo que se piensa que su caso podría tratarse de una variante de mosaicismo con fórmula 46XY/47XXY (es decir, algunas células con cariotipo normal en un varón, XY, y otras con cariotipo alterado XXY), con talla normal y sin ginecomastia y sin embargo, siempre con azoospermia (ausencia de espermatozoides), retraso mental, y a veces lesiones cardiacas y disfunción tiroidea.

Con el fin de que aquel débil muchacho sobreviviera, fue alimentado por 14 amas de cría distintas, que le amamantaron hasta la edad de 4 años, y no se continuó durante más tiempo porque se consideraba “indecoroso” para un monarca (su padre falleció cuando Carlos contaba 4 años de edad). Sin embargo, no pudo sostenerse en pie hasta los 6 años de edad, debido probablemente a un raquitismo por déficit de vitamina D, agravado también por la falta de luz solar, puesto que prácticamente no se sacó al niño al exterior por temor a los enfriamientos. Se sabe también que distintos padecimientos de origen infeccioso minaron la salud del pequeño monarca: infecciones respiratorias de repetición, sarampión, varicela, rubeola y viruela. Además, padeció epilepsia desde la infancia hasta los 15 años, que posteriormente recurrió al final de su vida. Y, por último, no podemos olvidarnos de un evidente retraso intelectual: Carlos II no aprendió a leer hasta la edad de 10 años y nunca supo escribir correctamente. Padecía ataques de cólera desmesurados y tuvo adicción alimentaria al chocolate (chocoholismo).

Dada la enfermiza constitución del monarca, se descuidó su educación puesto que se pensaba que iba a morir joven, y pronto se abordó el tema sucesorio, por lo que, tras fructíferas negociaciones, se casó a los 18 años con María Luisa de Orleans, de 17. Pese a que el rey estaba enamorado de María Luisa, nunca llegó a consumar el matrimonio, por padecer “eyaculación precocísima”: debido a su alteración genética, producía líquido prostático, pero no espermático, cosa que los sabios de aquella época aún no eran capaces de distinguir: de hecho, el Embajador francés logró hacerse con unos calzoncillos usados del Rey para enviarlos a dos médicos de su confianza: uno de los médicos opinó que era estéril y el otro que no. Así las cosas, María Luisa falleció virgen diez años más tarde por una apendicitis aguda, según reveló su autopsia.

A la edad de 28 años, la salud del monarca era ya muy precaria: envejeció muy rápidamente (se puede decir que pasó de la infancia a la vejez sin pasar por la madurez), por este motivo el Dr. Gregorio Marañón pensaba que el rey podría haber padecido también un panhipopituitarismo con progeria (envejecimiento prematuro). Además, presentaba frecuentes problemas gastrointestinales, fruto probablemente de la comentada adicción alimentaria al chocolate, a la mala nutrición y al pronunciado prognatismo que le dificultaba la correcta masticación de los alimentos. Presentaba también infecciones urinarias de repetición, cólicos renales por la presencia de cálculos y hematurias (sangrados repetidos de la orina).

Dada la preocupación por la falta de descendencia, al año de la muerte de María Luisa, se casó con Mariana de Neoburgo. Sin embargo, a pesar de los fértiles antecedentes de ella (los padres de Mariana tuvieron 23 hijos), la descendencia no llegaba. En su desazón, potenciada por las reiteradas simulaciones de embarazo por parte de Mariana, el mismo Carlos sospechaba que un hechizo proferido contra él le impedía engendrar, razón por la cual ordenó en 1698 investigar el tema al Inquisidor General, Cardenal Rocaberti. Los truculentos peritajes concluyeron que el rey había sido víctima de un hechizo, el cual :

«Se lo habían dado en una taza de chocolate el 3 de abril de 1675, en la que habían disuelto sesos de un ajusticiado para quitarle el gobierno; entrañas para quitarle la salud y riñones para corromperle el semen e impedir la generación».

Carlos II fue exorcizado mediante una serie de pócimas asquerosas, entre ellas pichones recién muertos sobre la cabeza para evitar la epilepsia y entrañas calientes de corderos para sus procesos intestinales, las cuales sólo lograron empeorar su ya delicada salud. Finalmente, su esposa Mariana se apiadó del pobre enfermo, poniendo fin a los repugnantes remedios y a los embarazos simulados.

 

 La salud de Carlos II se deterioraba progresivamente: ya en marzo del 98 el Marqués D´ Harcourt escribía a Luis XIV:

”Es tan grande su debilidad que no puede permanecer más de una o dos horas fuera de la cama (…) cuando sube o baja de la carroza siempre hay que ayudarle”. También señala la hinchazón de pies, piernas, vientre y cara y “a veces hasta la lengua, de tal forma que no puede hablar”. Estos síntomas se debían probablemente a una insuficiencia renal provocada por los cálculos renales que tenía el paciente. Presentaba también fatiga intensa y diarreas frecuentes, muchas de ellas provocadas por las purgas que le recetaban los médicos de la corte. El 5 de octubre de 1700, el Dr. Goleen escribe:

“Su Majestad recibió los Sacramentos e hizo testamento el día 2 aunque se ignora su contenido pues se guarda absoluta reserva. La enfermedad es grave pues en pocos días ha tenido más de 200 cursos (deposiciones); perdió el apetito y está extenuadísimo, al punto de parecer un esqueleto”

Todavía duró tres semanas más. Extenuado, respirando fatigosamente, haciendo sus numerosas deyecciones en la cama y tras dos días en coma, precedido de una fiebre alta, murió el día l de noviembre de 1700 “entregando su alma a Dios a las dos y cuarenta y nueve de la tarde”. Sus últimas palabras fueron, en respuesta a una pregunta de la Reina: “Me duele todo”. Tuvo, después, un ataque de epilepsia, que duró 3 horas, quedando sin señales de vida. Luego abrió la boca por tres veces, tuvo una convulsión y expiró. La autopsia desveló que :

“No tenía el cadáver ni una gota de sangre; el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta; los pulmones, corroídos; los intestinos, putrefactos y gangrenados; un solo testículo, negro como el carbón, y la cabeza llena de agua”.

Así termina la tristísima vida del último rey de los Austrias, al que la Historia no puede juzgar como tal, sino como a un pobre enfermo desde su nacimiento hasta su agónica muerte.

Gracias por la entrada a la doctora Raquel Monsalvo, especialista en Medicina Interna.

 

 

                http://espanaeterna.blogspot.com.es/2010/11/carlos-ii-el-hechizado-la-triste.html

 

El gobierno de los Habsburgo.